Por el Dr. Juan José Ramón Laprovitta
El silencio de Dios
El silencio es un signo puro y poderoso. Cuando llega el sufrimiento, la luz se apaga, hay oscuridad, hay silencio. El gran dolor, el dolor por la Patria, nos hace entrar en una realidad de honda desolación, de silencio penetrante. Y esto ocurre cuando no valoramos siempre algunas cosas hasta que estamos a punto de perderlas.
En esto reside la gran tragedia del hombre: pierde lo esencial sin darse cuenta de lo que ha perdido. Este sufrimiento mayor pone a prueba nuestras fibras más íntimas, la luz de nuestras almas, el coraje escondido. Cada herida tiene su propia voz: clama, desde el momento en que fue ofendida o dañada. Conserva la memoria del dolor como en el momento en que fue infligido. Desde hace bastante tiempo venimos diciendo que vivimos en una Patria arrasada de todo derecho. Desde la frivolidad, la hipocresía y la falsedad de los “intelectuales” “progretercermundistas” que sostienen que el pensamiento único es lo válido, y condenan el sistema que siempre hizo grande a la Patria y felices a los argentinos, sin embargo lo aprovechan y lo practican en su provecho y en detrimento de la mayoría. Dostoiewski decía: “¿Sabes que pasarán los siglos y la Humanidad proclamará por boca de sus sabios y de su ciencia que no existe la verdad ni el crimen ni el pecado, que sólo hay cuestión de necesidades?”. Están terminando con la libertad, algunas de cuyas expresiones ya no están, de la excelencia y el civismo. Han aplastado la ética, la reverencia, la admiración y el respeto. Modifican a su antojo las leyes, los códigos, imponen el relativismo, donde todo es igual, la verdad, lo falso, lo bello, lo feo, la honradez y la delincuencia, lo natural y lo antinatural, donde el alumno vale más que el docente, donde el ladrón y el asesino valen más que la vida de cualquier ciudadano, donde la seguridad y la autoridad no existen, porque la policía está condicionada y la Justicia colapsada. Vivimos saturados de la soberbia y la descarada ostentación; de la afrenta, el engaño, la traición, la mentira, la calumnia; de ver como combaten y tratan de aplastar y destruir las leyes inmutables del orden natural y sobrenatural; la tergiversación y trastocamiento de los valores permanentes del ser humano y de nuestras raíces; la corrupción, la cobardía; la falsa “prudencia” de no proclamar la verdad a tiempo y a destiempo, porque con declaraciones no hacemos nada; la injusticia, la arbitrariedad; la ausencia del auténtico y gratuito amor; el avasallamiento de organizaciones que se dicen políticas, sobre las conciencias y mentes de los niños en instituciones educactivas, imponiendo slogans a contrapelo del derecho inalienable de los padres, cultivadores naturales de los valores de la vida; las burlas y las ironías, como las hipócritas nuevas reglas para viajar al exterior, mientras los grandes evasores que poseen fuera del país fabulosas fortunas, como las regalías petroleras que recibió Santa Cruz en los 90, y nunca más se supo de ellas, pero todo bien, gracias. Y tantos otros hechos, nos generan una singular impotencia, tristeza y depresión. Porque “si quieres que los hombres sean hermanos, oblígales a edificar una torre; pero si quieres que se odien, arrójales dinero”. Hasta nuestra fe y esperanza caen. Porque cuando caminamos, vemos, vivimos y compartimos con nuestros hermanos esta triste y grave realidad, entramos en una tierra de pura desolación, de horizontes chatos y manantiales secos. Entonces nos damos cuenta que en silencio estamos perdiendo nuestro Ser, estamos perdiendo en el silencio a nuestra Patria, que nos legaron nuestros padres y ancestros……Es como si Dios se hubiera retirado. “….Si Dios existiera no habría permitido que el hombre construyera un falso paraíso ocultando para siempre la verdad”….”No sabes hasta dónde puede llegar el silencio de Dios”(Thibon). Porque ¿cómo podemos ver la bondad de Dios en acontecimientos trágicos que nos ocurren? Si a Dios se lo apartó y aparta de todo. Ya no es la piedra firme y base de nuestra Patria: leyes, actos, proyectos de reformas del código civil que se aprobarán con seguridad, arrinconan, ignoran y echan a Dios….Es como si agotaran al alma de nuestra Patria y de nuestro Pueblo, con profundos cortes que hieren el corazón de nuestra identidad de siempre, lastimando la presencia de Dios, dador de toda vida y del Amor auténtico y gratuito que todos necesitamos. Y esta herida es la más profunda de la realidad terrena que jamás debe permanecer, porque nos puede hacer rehén de lo perverso. El silencio de Dios es inexcrutable. Su propio Hijo Jesús lo sufrió en la Cruz: “Eloí, Eloí, ¿lamá sabacthani?”: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”(Marc. XV, 34). El silencio tiene un gran poder de misterio, de sufrimientos y resurrección. También Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, lo practicó: “Entonces poniéndose de pie el Sumo Sacerdote le dijo: ¿nada respondes a los que te acusan?. Pero Jesús permaneció en silencio”. (Mat. XXVI, 62-63). “Herodes lo interrogó con derroche de palabras, pero Jesús no le respondió nada”. (Luc. XXIII, 9). “Pilato, de nuevo lo interrogó diciendo: “¿Nada respondes? Mira de cuántas cosas te acusan”. Pero Jesús no respondió nada más, de suerte que Pilato estaba maravillado”. (Marc. XV, 4). El silencio de Dios Padre ante el cruel sufrimiento de su Hijo en la cruz hace al Misterio de la Redención que culmina con la Resurrección. ¡Hasta tanto llegó la entrega de Jesús para salvar a todos del Mal! Y el testimonio de Jesús nos expresa que cuando se ofende, se agravia, se burlan de Dios, el silencio es la respuesta. Y esta herida, nunca conocida, tiene su propia voz. Clama y conserva la memoria del dolor. Este dolor es absolutamente puro. La soledad de este sufrimiento, por ser puro, no especula y toca a cada persona en forma individual. Por esto hay silencio. Es el secreto de todo crecimiento natural. Y así, lentamente aprendemos a perder la inquietud, el temor, el miedo y cuando nuestra naturaleza más profunda despierta, descubrimos la fortaleza y el coraje iluminados por Áquel que siempre habita en lo más sumo de uno, que más allá de su silencio porque lo apartamos de todo, nos ilumina para salir del oscuro túnel, porque es la Luz del mundo! Por esto Cioran escribió: “Sin Dios, todo es noche, con Él la luz no es necesaria”. Si conocemos este tren incontrolable que nos lleva a realidades desvastadoras y oscuras; a sufrimientos sin parangón y al mismo tiempo sabemos, pero a veces nos olvidamos, que existe la Luz del mundo que no permite que andemos en tinieblas, pues no amputemos la presencia de la Luz del mundo. La oración es el anhelo más antiguo que se conoce, por tanto, sea la actitud de nuestra presencia que configure la necesidad de Ser, de sentir a nuestra Patria con la mística que conjuga el amor a la Argentina, a su Pueblo y al Proyecto de Nación que todos deseamos realizar. Frente a este reto, me viene a la memoria un pasaje del Evangelio: Estaba Jesús en Jericó y al salir acompañado por sus discípulos y una gran muchedumbre, Bartimeo ciego y mendigo, hijo de Timeo, estaba sentado al borde del camino y, oyendo que era Jesús de Nazaret el que pasaba, se puso a gritar: “¡Hijo de David, ten piedad de mí!”. Muchos le reprendían para que callara, pero Bartimeo gritaba con más fuerza: “¡Hijo de David, ten piedad de mí!”. Jesús al escucharlo se detuvo y dijo: “llamadlo”. Llamaron al ciego y le dijeron: “¡Animo, levántate! Él te llama”. Bartimeo de un salto se puso de pie y arrojó su manto y lo acercaron a Jesús, quien al verlo le dijo: “¿Qué deseas que te haga?”. El ciego le respondió: “¡Maestro, que yo vea!”. Jesús le dijo: “¡Anda! Tu fe te ha sanado”. Bartimeo enseguida vió y lo siguió a Jesús por el camino. (Marc. X, 46-52).
Bartimeo sea nuestro ejemplo. No tenía luz, era ciego, estaba desolado, angustiado, vivía en la oscuridad, en el silencio se le iba la vida, se le iba su ser. Sin embargo al sentir que pasaba la Luz del mundo comenzó a gritar, a reclamar con fuerza, sin falsos temores, sin cobardía, que le diera el Hijo de David su piedad, su amor para terminar con las tinieblas que no le permitían sentirse entero y feliz.
Así también nosotros, hijos y herederos de la Patria que en silencio la estamos perdiendo, sensibilizados por la mística mamada en los fértiles valores permanentes, gritemos, reclamemos, movilicemos nuestra presencia, demostremos testimonialmente en unidad, con brío, estilo y metas el encendido coraje de nuestros corazones argentinos para salvar a nuestra Patria.
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Martes, 11 de septiembre de 2012 |
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